Deja que el viento se lleve el polvo de los malos recuerdos.
Deja que el sol te acaricie entre las dunas
Calma ante el oasis, calma ante las flores.
Viaja y alimenta el alma.
Todos los oasis fueron alguna vez un espejismo.
Allí donde pervive el frío bajo el sol del desierto se esconde la incertidumbre porque solo ella puede helar cualquier corazón, incluso en mitad de la chispa de las primeras miradas.
Allí dónde se instaló la incertidumbre ya no crece nada, excepto las dunas y las lágrimas convertidas en un oasis donde descansa el dolor.
Por eso, buscad la belleza y alimentad el alma, tal vez sea lo único que merezca la pena en este maldito mundo.
Deja que el viento se lleve la arena y forme las dunas como le da la gana. Deja que el oasis respire el calor de la calma. Y respírala tú también, aun cuando hay oleaje.
Deja que tiren del hilo de los recuerdos, de las flores de tu desierto, de la belleza. Deja que todo el peso se vaya con el viento y que esculpa las dunas con tus tristezas. Suelta las cadenas y vuela con el olvido. Respira.
Arroja luz al alma cuando en la noche de los tiempos haya sido abandonada. Arroja luz a tu alma y a la de quien dice no tenerla. Los desiertos nunca necesitan agua, pero agradecen la lluvia y por eso florecen.
Y si hay dudas, avanza, no importa, allá donde hay belleza no hay muerte posible del alma. Las tumbas del tiempo guardarán las lágrimas si las derramas, solo para enseñarte el oasis cuando vuelvas.
Soltar. Soltar las cadenas que el universo se empeñó en robarte. Déjale que haga lo que quiera, que se muestre ante ti sin máscaras. Porque solo dejando libre al otro puedes ver la verdad. Déjale. Déjale que haga las cuentas como le de la gana, pues el universo es un bailarín en una pirueta infinita. Acepta que a veces te acoge en su baile, y otras te lanza a la noche de los tiempos donde ya no importa nada.
Tan árido como cuando mueren las flores en el desierto.
Las almas vacías, sierras que siegan todo a su paso, se beben la lluvia que cae en el desierto para que se mueran las flores. Tal vez no lo sepan porque solo tienen mucha sed, demasiada. Y arrasan porque no saben llenarse, porque dentro solo tienen una inmensa nada.
Por eso, buscad siempre la belleza y alimentad el alma.
DESIERTO XLI
Cuéntale a la vida que no tienes alma, que un día en el desierto te la robó la lluvia.
Cuéntale al oasis que no sientes nada, que nunca te importó y que nada te conmueve. Y descansa.
Asómate a las tumbas del tiempo, guardianas de tus recuerdos. Asómate y haz como si nada, como si en los últimos tiempos no hubieses vivido.
Y vuelve y, ahora sí, cuéntale a la vida que no tienes alma, que toda su belleza se quedó en verano enredada en las flores aunque fuesen de plástico.
Y díselo a la puesta de sol, que no sientes nada, pero que encontraste la belleza y te alimentó el alma.
Porque todos los desiertos florecen alguna vez y el universo hace las cuentas como le da la gana.
Entre la belleza y el abismo a veces solo hay un hilo fabricado de silencios, de confesiones enterradas. Y en el mar de incertidumbre se puede navegar tras la paz encontrada después de una tormenta, intuyendo la silueta del querer ahogada en el no poder. A la deriva, sin armaduras, hasta que el tiempo sentencie la muerte por inanición del alma.
Buscad la belleza y alimentad el alma.
Buscad la belleza y alimentad el alma porque tal vez sea lo único que merezca la pena. Porque los ríos del tiempo arrastran cualquier sueño y a veces las corrientes son muy rápidas. Porque a veces un océano completo se diluye en una lágrima; y una gota se duerme al sol y se evapora.
Todo cae en los bordes de las tumbas del tiempo, incluso el olvido.
En las trincheras de la vida. A veces es mejor no asomarse ni pegar tiros. A veces es mejor vivir en el anonimato de la lluvia y los paraguas negros. Qué tú voz no se oiga ni para construir un nuevo castillo mas alto y más duro que el anterior.
Qué pongan las piedras como les de la gana.
Soldado caído por fuego amigo.